Nos dirigimos ahora a Íscar, una villa cuya silueta medieval está marcada por el imponente castillo que le da nombre, enclavada en la Tierra de Pinares y amparada bajo la prestigiosa Denominación de Origen Rueda.
Al adentraros en sus calles empedradas, llegaréis a la coqueta Plaza Mayor, corazón del pueblo, donde se alza la sobria Iglesia de San Miguel. A un paso encontraréis también la Iglesia de Santa María de los Mártires y la Ermita del Humilladero, que guarda una hermosa talla de Cristo del siglo XVII. Dominando la villa, el Castillo de Íscar os sorprenderá con su Torre del Homenaje pentagonal y sus robustos torreones, impecablemente conservados desde el siglo XV. Podréis visitar sus estancias y coronar sus murallas para disfrutar de vistas panorámicas sobre el mar de pinares que abraza el pueblo.
La cultura y el arte tienen un espacio propio en el Museo Mariemma, dedicado a la gran bailarina de danza española. En ocasiones organiza veladas muy especiales, con catas de vino acompañadas de piezas en directo. Íscar late al ritmo de la D.O. Rueda, cuna de algunos de los blancos más reputados de España gracias a la uva Verdejo. Aunque las grandes bodegas se concentran en Rueda o La Seca, aquí también encontraréis pequeñas bodegas familiares y la vinoteca del castillo, donde degustar en origen sus vinos frescos y aromáticos.
El entorno natural de la Tierra de Pinares os invita a caminar por senderos que recorren las riberas del Cega o el Pirón, donde “Entrambasaguas” recorre en 8 km la confluencia de ambos ríos, o el circuito circular “A Remondo entre Pinares” (10 km), que se adentra en el bosque de pinos. Muy cerca, la Senda de los Pinares bordea el río, contando la historia del oficio de la resina. Y si preferís una ruta breve, en apenas 2 km subiréis al castillo por un sendero directo.
Para cerrar la visita, dejad hueco al paladar con la gastronomía tradicional de Íscar: lechazo y cochinillo asados al horno de leña, guisos de caza o el hornazo típico de Semana Santa. De postre, no olvidéis probar las “ciegas”, también llamadas bollos soplo o pelusas, y los mantecados, dulces hermanos del recio carácter pinariego.


